Los discursos del 13 de septiembre (3)

Sergio Miranda Pacheco

Hubo un tiempo en que la historia encontraba en el presente los temas y preocupaciones que configuraban su relato del pasado y buscaba comprender y explicar el inmediato acontecer. Esta estrecha cercanía de la historiografía con el presente no estuvo exenta de extravíos y manipulaciones, dadas las dificultades materiales y teóricas de hurgar y recuperar en el pasado el significado de lo acontecido, y a causa también de los intereses que siempre han brotado alrededor del cultivo del conocimiento del pasado.  Así ocurrió en la Grecia clásica, en la Roma republicana e imperial, en el medievo y modernidad occidentales.

Con todo, el historiador del pasado tuvo como una de sus funciones ofrecer a sus contemporáneos su visión del pasado y, en esa medida, contribuir al diálogo público y abonar su parte a los medios y condiciones para conocer y pensar históricamente la condición humana, personal, social, política, cultural, local o nacional, con la intención de afirmar o transformar la realidad existente. Así, por ejemplo, puede decirse que el relato de Tucídides a la vez que una explicación de la debacle de Atenas, ofreció a los griegos una lección de causalidad histórica y una convocatoria a reconsiderar los fines y resultados de la política imperialista de Atenas.

Hoy la historia —transformada en un saber fragmentario y secuestrado por los especialistas e iniciados, así como por las instituciones y los medios— no acierta a promover la reflexión crítica y el diálogo público sobre el pasado, tan necesarios para pensar el presente y poder aspirar a tener un futuro. Ha cedido su función social formativa de una identidad y conciencia ciudadanas a los poderes fácticos, al estado, a los todopoderosos medios de comunicación, a los mercaderes de conciencias y a los malhabidos políticos y siervos del poder.

Como resultado, en el mundo y en México, millones de ciudadanos viven con sus derechos maltrechos, atropellados o expropiados, con una conciencia histórica precaria y con una casi nula capacidad para pensar históricamente sus problemas propios y colectivos y, por tanto, susceptibles de ser manipulados e ignorados, como lo hemos vivido recientemente en nuestro país, para seguir sosteniendo la desigualdad, la injusticia y la ficción democrática que campean ignominiosamente como baluartes del progreso sobre los cada vez más devastados campos de la sociedad.

Ergo el déficit democrático y de justicia que hemos venido padeciendo y vivimos hoy es en parte resultado del déficit de la historia y sus practicantes en el cumplimiento de su primordial función social: formar ciudadanos críticos capaces de pensar históricamente su realidad y de actuar no sólo para el presente sino también para el futuro.

¿Qué hacer para devolverle a la historia su capacidad de observar, estudiar, comprender y explicar la totalidad, con una apuesta por el cambio? ¿Qué hacer para que el conocimiento histórico —y las condiciones y medios para producirlo— no sea monopolio de “especialistas”  y recupere su función en la formación de ciudadanos de México y del mundo con valores de lucha contra la injusticia? ¿Qué hacer para que la gestión de la memoria y el patrimonio deje de ser un vergonzoso negocio de políticos, empresarios, académicos y autoridades y recupere su capacidad para articular las identidades locales y globales?

¿Qué hacer para que los libros de texto dejen de ser mercancía política?, ¿qué, para que la enseñanza de la historia abandone sus premisas teleológicas o unívocas y homogeneizadoras y se abra paso a un discurso sobre el pasado instalado en el reconocimiento de la pluralidad, la diferencia y los relatos múltiples?, ¿qué, para combatir las explicaciones falsas y superficiales sobre la identidad y la historia nacionales que difunden los medios, políticos e intelectuales de pacotilla? ¿Qué hacer para socializar la comprensión del pasado y, en esa medida, detener la erosión de nuestro futuro?

El Observatorio de Historia que, inédita y orgullosamente, hoy fundamos, aspira a convertirse en un promotor del debate y diálogo públicos sobre éstas y otras cuestiones en cuya respuesta se cifra una apuesta al futuro: convertirnos en ciudadanos, de México y del mundo, activos en la escritura y la transformación de nuestra personal y colectiva historia. ¡Salud y enhorabuena!

Los discursos del 13 de septiembre (2)

Dalia Argüello

En la coyuntura de la transición, nos encontramos ante un panorama de continuidad en la política y de los grupos que han regido al país en los últimos treinta años, así como de la agudización de la polarización social en todos los sentidos. Esto implica la alta probabilidad de que el discurso y la práctica historiográfica oficiales seguirán obedeciendo a la misma lógica utilitaria, racista, panfletaria y machista que ha hecho del pasado en este país un repositorio de virtudes morales y de la historia una herramienta para la homogeneización cultural y la legitimación de un grupo en el poder.

Ante esto, afirmamos que el conocimiento histórico producido y administrado por el estado no ha contribuido hasta ahora a la democratización de la sociedad. Por el contrario, las prácticas institucionales relativas a la administración del patrimonio histórico, la enseñanza de la historia y las conmemoraciones del pasado han derivado en acciones excluyentes, sujetas a intereses gremiales o particulares y motivadas por visiones mercantilistas. Por lo tanto, estamos convencidos de la relevancia y urgencia de impulsar el debate público y de participar activamente en la creación, análisis y difusión del conocimiento histórico, que nos permita promover en la sociedad modos más democráticos, incluyentes y dinámicos de construir, comprender y relacionarnos con el pasado.

En este sentido va la primera tarea para el Observatorio de Historia: proponemos elaborar un diagnóstico general de la estructura administrativa que sustenta las acciones que el estado mexicano realiza en torno de la historia. Es decir, proponemos elaborar una radiografía que, de manera esquemática, nos permita ver con claridad las funciones (y disfunciones), atribuciones y alcances de cada una de las instancias, de cada funcionario y de cada ley reguladora federal involucrada directamente con la historia, como son la Secretaría de Educación Pública, los institutos nacionales de Bellas Artes y Literatura y de Antropología e Historia, y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

El objetivo de armar este rompecabezas es entender el entramado institucional que está detrás de decisiones editoriales, reformas curriculares, contratos y presupuestos, conmemoraciones cívicas y demás actividades que definen los contenidos y las formas como llega la historia a la sociedad. En la medida en que tengamos información clara sobre vacíos, traslapes y alcances legales, y vayamos poniendo nombre y apellido a quienes están y estarán encargados del asunto que nos ocupa, estaremos en mejores condiciones para proponer alternativas.

Resulta evidente, por ejemplo, que la degradación del patrimonio arquitectónico, arqueológico y cultural en todo el país tiene que ver con fallas y deficiencias en la protección legal, pero también con la corrupción y la escasa participación social en su manejo y protección. Por otro lado, la formación docente, así como la elaboración de planes de estudio y libros de texto para la enseñanza de la historia en todos los niveles, presenta rezagos y carencias que pueden explicarse a partir de la ineficacia del sistema educativo que lo regula. Por lo tanto, es indispensable conocer con detalle cómo funciona este entramado que ha sostenido la producción historiográfica del estado en los ámbitos patrimonial, educativo y de formación profesional, que tuvo una de sus más tristes manifestaciones en la celebración del bicentenario en 2010.

Con la convicción de que investigar el presente del pasado es tarea también de historiadores, desde el Observatorio de Historia extendemos una invitación a todo estudiante de licenciatura y posgrado, investigador y profesor de todos los niveles y demás interesados, para participar en esta titánica tarea. Asumimos que la investigación colectiva ampliará las posibilidades del trabajo y que la participación activa puede crear e impulsar cambios. Por ello llamamos a formar un equipo amplio y multidisciplinario con el que logremos generar este primer producto y ponerlo a disposición pública a más tardar en junio del 2013.

Para integrar los ejes de esta investigación y los equipos de trabajo, llevaremos a cabo una reunión preparatoria el jueves 4 de octubre. El lugar y la hora se publicarán con anticipación en el blog, así que esperamos contar con su asistencia y participación.

Los discursos del 13 de septiembre (1)

David F. Uriegas

El Observatorio de Historia, nombre que le hemos puesto tras varias sesiones serias de discusión, es una asociación que nació ante una preocupación que, desde hace tiempo, la gran mayoría de nosotros ha notado y advertido, una preocupación que no es ajena a ninguno de nosotros, en calidad de ciudadanos, y que no debe ser ajena a ninguno de nosotros en calidad de historiadores. Esta preocupación, evidentemente política, ha sido, de alguna manera, y no sólo eso, el motor que ha empujado el desarrollo y nacimiento de lo que hoy hemos venido a constituir formalmente.

Sin embargo, no es únicamente la crisis política actual la cual nos preocupa. Es, o debiera ser, nuestro quehacer como historiadores. Es el uso que el estado y diversas instituciones han empleado en aquello que gente semejante a nosotros ha producido: las investigaciones, los ensayos, las opiniones, las notas periodísticas y muchas otras maneras de promover el conocimiento del pasado. Es, pues, el uso que se ha hecho de nuestro pasado mexicano. Por esto, la existencia de este Observatorio, citando el artículo dos de los estatutos,

resulta de considerar injustificable todo monopolio sobre el conocimiento histórico, particularmente en una sociedad multicultural como la mexicana. Es nuestra convicción que la disponibilidad y distribució́n social de los recursos institucionales e intelectuales para producir y adquirir conocimiento histó́rico repercute y ha repercutido en la calidad democrática de la vida de individuos y sociedades.

La manifestación de este conocimiento en nuestras sociedades e individuos ha tendido, de forma muy general, a su deformación, por lo que creemos que es una necesidad promover la discusión, la crítica y las capacidades interpretativas en relación con nuestro pasado, de tal forma que el Observatorio de Historia “busca proponer modos más democráticos, incluyentes y dinámicos” para construir, comprender y relacionarnos con él.

Es claro que, para todos nosotros, la circunstancia política actual de nuestro país nos afecta en diversas maneras y, como historiadores, debe afectarnos e interesarnos aún más, pues es a partir de nuestra circunstancia desde donde pensamos, cuestionamos y escribimos. ¿Acaso no deberíamos ser de los primeros en levantar la voz? ¿No nos inclinamos a ser de los primeros interesados en el desarrollo de nuestro país? ¿No deberíamos ser los primeros preocupados en la producción y en el uso que se le da al conocimiento sobre el pasado? ¿Acaso el conocimiento no nos carga, de una forma relativa a nuestros intereses, de cierto tipo de responsabilidad ante la sociedad?

Como estudiante de licenciatura, pienso que el Observatorio de Historia no es únicamente una asociación benéfica sino más bién un espacio donde nosotros como estudiantes podemos desenvolvernos, un espacio donde podemos hacer patentes nuestras preocupaciones, discutirlas y difundirlas, de tal forma que no sólo sean aquellas grandes instituciones las que promuevan conocimientos de alta especialización. Por eso, en calidad de historiadores en desarrollo, podemos crecer, conocer y relacionarnos con aquello que verdaderamente nos importa: con aquel pasado que no nos es ajeno, con aquel pasado que podemos percibir y notar hasta en los más mínimos aspectos de la vida cotidiana. Por eso, el Observatorio de Historia lee el presente del pasado.